La historia no es una pistola: por qué el pasado compartido de Rusia y Ucrania no justifica la invasión de 2022

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Por qué ningún siglo del pasado da a Moscú el derecho que reclama


Hay una manera de contar la historia que convierte el pasado en munición. Se seleccionan los hechos que convienen, se ignoran los que no, y al final se presenta una narrativa que parece incontestable: «Siempre fue nuestro. Solo estamos recuperando lo que es nuestro.»

Eso es, en esencia, el argumento de Putin para justificar la invasión de 2022. Y hay que decirlo con claridad: parte de ese argumento tiene base factual. El este de Ucrania —Donetsk, Lugansk, Crimea— no tiene raíces ucranianas medievales profundas. Ciudades como Donetsk fueron fundadas en el siglo XIX como asentamientos mineros del Imperio ruso. Lugansk nació en 1795 por decreto de Catalina II. Antes de la colonización rusa, gran parte de esas tierras eran estepas vacías. Negar eso sería también manipular la historia.

Pero entre los hechos históricos y el derecho a invadir hay un abismo que ningún dato del pasado puede cruzar.


El problema de coherencia: ¿y España con Argentina?

La narrativa rusa tiene un defecto lógico enorme: aplica una lógica que, generalizada, convertiría el mundo en un campo de batalla permanente.

Buenos Aires fue fundada por españoles. Los argentinos hablan español y descienden en gran parte de inmigrantes bajo dominio español. Por la lógica de Putin, España podría reclamar Argentina y enviar tropas a «proteger a los hispanohablantes». Turquía podría reclamar los Balcanes tras cinco siglos de dominio otomano. China podría invadir Vietnam tras mil años de hegemonía. El absurdo es evidente.

La historia de quién fundó qué ciudad no genera derechos soberanos en el siglo XXI. Si así fuera, la guerra sería el único árbitro posible de cualquier frontera en el mundo.


El argumento que desaparece del debate: el Memorando de Budapest

En 1994, Ucrania poseía el tercer arsenal nuclear más grande del mundo. Decidió entregarlo a cambio de garantías de seguridad firmadas por tres potencias: Estados Unidos, el Reino Unido y Rusia.

En ese memorando, Rusia se comprometió explícitamente a respetar la soberanía y las fronteras de Ucrania, y a abstenerse de cualquier uso de la fuerza contra ella.

Ucrania cumplió: entregó las armas nucleares. Rusia violó su parte: primero en 2014 con Crimea, y de forma masiva en 2022. No hay ambigüedad posible. Cualquier argumento histórico que Putin esgrima choca frontalmente con su propia firma al pie de ese documento.


Entender no es justificar

Podemos entender que Rusia tiene intereses de seguridad reales, que la expansión de la OTAN genera tensiones genuinas, que la historia de Ucrania es compleja y que las «dos Ucranias» tienen siglos de profundidad. Todo eso es verdad.

Nada de eso lleva a concluir que la respuesta correcta fue enviar tanques a Kiev o bombardear Mariúpol.

Los estados con agravios históricos y poblaciones diaspóricas en países vecinos son la norma en el mundo, no la excepción. Casi ninguno resuelve esas tensiones con invasiones. Los que lo hacen no están recurriendo a la historia como guía: están usándola como coartada.


Conclusión

La historia puede explicar por qué un conflicto existe. No puede justificar cómo se conduce.

El 24 de febrero de 2022, Rusia violó la Carta de la ONU, el Memorando de Budapest y los principios básicos del derecho internacional. Ningún argumento sobre la Rus medieval, el Hetmanato cosaco o los rusoparlantes del Donbass cambia ese hecho.

Estudiar la historia de Ucrania y Rusia con honestidad lleva precisamente a la conclusión opuesta a la que Putin extrae: que dos pueblos con historia entrelazada tienen más razones para coexistir en paz, y menos excusas para matarse.


Este artículo forma parte de una serie de análisis históricos sobre el origen de los conflictos contemporáneos.

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